
Sobre la impermanencia.

TODO LO QUE NACE, CAMBIA.
TODO LO QUE CAMBIA, TERMINA.
Este cuerpo que hoy habitamos parece permanente mientras estamos dentro de él.
Respira.
Se mueve.
Se fortalece.
Envejece.
Y un día deja de hacerlo.
No es una tragedia de la naturaleza.
ES la naturaleza.
Los elementos que hoy componen nuestro cuerpo no nos pertenecen.
La tierra volverá a la tierra.
El agua al agua.
El fuego al fuego.
El aire al aire.
Lo que llamamos “mi cuerpo” es, por un tiempo, una configuración pasajera de aquello que siempre estuvo aquí.

El Bhagavad Gītā nos recuerda que aquello que ha nacido está destinado a morir, y aquello que muere está destinado a volver a nacer.
La enseñanza no busca que ignoremos la muerte.
Busca que comprendamos la impermanencia.
Porque cuando entendemos que el cuerpo es temporal, cambia nuestra relación con él.
Ya no practicamos para poseerlo.
No practicamos para hacerlo permanente.
No practicamos para escapar de su fragilidad.
Practicamos para habitarlo plenamente mientras lo tenemos.
Cada respiración es prestada.
Cada postura es temporal.
Cada etapa de nuestra práctica también pasará.
El cuerpo que hoy puede hacer algo mañana quizás no pueda.
Y eso también es Yoga.

Aprender a permanecer presentes mientras todo cambia.
Los Upaniṣads nos llevan una y otra vez hacia esta pregunta:
¿Qué es aquello que permanece cuando todo lo demás cambia?
El cuerpo cambia.
La respiración cambia.
Los pensamientos cambian.
Las emociones cambian.
La vida cambia.
Y precisamente porque todo esto es impermanente,
cada momento merece ser vivido con completa presencia.
No para aferrarnos.
Sino para aprender a soltar.
Porque algún día este cuerpo regresará a los elementos de los que vino.
Y mientras ese día llega,
tenemos este cuerpo.
Tenemos esta respiración.
Tenemos este momento.
Practiquemos.
No para conquistar la impermanencia.
Sino para aprender a vivir sabiéndola inevitable.
ॐ
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